Para desarrollar el talento

La importancia de vivir en “Una casa de locos”

Una_casa_de_locos-334511386-largeCon las películas me pasa una cosa: si me despierto pensando en la peli que vi el día anterior, es que va a dejarme huella. Si no, pasará por mi vida sin pena ni gloria, cosa que me sucede con la mayoría, que es lo suyo (¡qué agotamiento si no!).

“Una casa de locos” (L’auberge espagnole – 2002), película francesa de Cédric Klapisch, me dejó huella. Ayer volví a verla después de once años, y volvió a encantarme. Resumo:

Javier es un estudiante francés de económicas con ideas poco claras, que decide pasar un año en Barcelona con una beca Erasmus, de alguna forma para posponer un trabajo “serio” en un ministerio francés. En Barcelona se instala en un piso donde convive con otros siete estudiantes europeos: un italiano, una inglesa, un danés, un belga, un alemán y una española, todos ellos también estudiantes Erasmus. Por todas las experiencias que vive, su año en Barcelona cambia sus valores, sus ideas, sus principios, y en definitiva, cambia el curso de su vida.

Cuando estábamos desarrollando CuVitt, una de nuestras ideas más claras era dar visibilidad y valor a las personas que se habían movido de su país, bien para estudiar, o bien para trabajar. De esta idea surgieron dos indicadores: Formación internacional y Movilidad geográfica, que en escala de 0 a 100 aumentan en valor cuanto más tiempo haya estudiado o trabajado la persona fuera de su ciudad y país. Estos dos indicadores son un grado en determinadas empresas, para cubrir determinadas posiciones.

Más allá de esto, lo mejor de la película es cómo cambia la perspectiva profesional de Javier después de su beca Erasmus. Cómo todas las experiencias que vive, aparentemente inconexas o sin ninguna utilidad para su futuro profesional, confluyen para crear “un nuevo Javier” que al final decide luchar por lo que de verdad quiere: ser escritor. ¡No hay más que ver el antes y el después!

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El mejor momento es cuando Javier ya ha vuelto a Francia y empieza a escribir “con adrenalina” en su ordenador, rodeado de miles de fotos, pensando “ya no soy el de antes, soy un poco de él (el danés), y de ella (la inglesa), y de él (el alemán), y de ella (la española), y de él (el belga), y de él (el italiano). Y mientras mira una foto suya de pequeño, piensa “y, por supuesto, también soy un poco de él. Y a éste… es al que menos quiero decepcionar”.

Amigos nuevos y diferentes a ti, otro idioma, otra ciudad, costumbres distintas, primeros “batacazos”. Tener que desenvolverse solo, sentirse desvalido, no entender nada. Tener que aprender, querer formar parte de algo, removerse por dentro, cuestionarse a uno mismo, ver cosas nuevas, espabilar, espabilar, espabilar. Madurar sin querer, clarificar metas, conocerse un poco mejor. Y todo, encima, sin pretenderlo, divirtiéndose, entre copas y con la meta de aprobar el curso como mayor responsabilidad.

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Todo esto da una experiencia que va MUCHO MÁS ALLÁ de la formación. Las asignaturas darán visión pero serán olvidadas. En cambio, esta experiencia dejará una huella imborrable sin que, probablemente, el estudiante sea tan consciente de ello.

Si estuviera gestionando un proceso de selección, en igualdad de condiciones seleccionaría antes a un Erasmus que a otro que no se ha movido. Sí. Ya lo he dicho 🙂

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