Para desarrollar el talento

Callarse la angustia o no callarse la angustia: ¿Es esa la cuestión?

Hay algo que me preocupa en mi trabajo, de hecho llevo semanas dándole vueltas y hasta me cuesta dormir: como siga así, ¡me va a reventar la cabeza!. El caso es que no sé qué hacer: ¿se lo cuento a mis compañeros?, es que no sé si hacer caso a ese consejo de “no lo hagas: a nadie le importa nada”, o al consejo “siempre es mejor desahogarse con alguien”.

Pero dándole vueltas, la cuestión cambia porque me doy cuenta que todo el tiempo me ha preocupado si me ayudarán, si me sentiré aliviada, si puedo confiar en los demás, si estaré mejor… En ningún momento me he preguntado por el objetivo de la situación: ¿Qué espero conseguir si hablo?

A ver si resulta que contando lo que me angustia, voy y angustio al de en frente, y entonces ya somos dos angustiados…

Pues no, no había contado con ello. Si me callo no alerto, no doy ideas. Nadie se “salpica”, yo soy la bombilla roja y como mucho se vuelve amarilla la persona que tengo más cerca. El resto, en su mundo:

Pero si hablo de mi angustia alerto, doy ideas a otros que vivían tan felices en la inopia (y que igual no querían salir de ahí):

¿Será este el objetivo que perseguía aquella que no paraba de contar sus “dramas”? “esto es un infierno de empresa”, “yo no duermo por las noches”, “estoy fatal porque la situación de esta empresa es insostenible”, “yo así no vivo”, “llevo dos días angustiada por la reunión del lunes”, “esta gente es venenosa”, “yo no puedo más, sé que me van a despedir”…

Estas palabras angustian al otro porque están llenas de dramatismo y agresividad. ¿Qué persigue la persona que dice estas palabras?,  se me ocurre:

  • No persigue nada, pero accidentalmente angustia al otro.
  • Persigue angustiar al otro, sadismo de libro.
  • Quiere recibir compasión.
  • Persigue chantajear al otro (“si tú no sientes lo mismo, mal”).
  • Quiere desahogarse, pero la otra persona no puede hacer nada por cambiar su situación (en este caso, no pongamos soluciones: pongamos el hombro).

Así que he decidido callarme y no contar lo que me preocupa, al menos a las personas que están en riesgo de entrar en un efecto dominó de “mal rollo”. Y he tomado esta decisión basándome en dos preguntas:

  1. ¿Qué objetivo persigo al “contar mis penas”?
  2. ¿Qué espero que haga la otra persona cuando se las cuente?

Lo que me queda claro es que a mayor categoría humana o profesional, más autocontrol a la hora de transmitir la angustia personal: manifestar el malestar en voz alta y continuamente, es señal de bajo autocontrol y, por tanto, de un autoliderazgo “lleno de goteras”.

Creo que el autocontrol se observa en la capacidad de callarse, de contener la ira, la angustia, la tristeza, el malestar: en la capacidad de frenarse y ponderar que, por mucha información que sabemos, a los demás les resulta negativa e inútil.

Suelo fijarme en las palabras de los demás: en lo bien que hablan, en la capacidad de argumentar, de encadenar unas frases con otras razonando en voz alta. Admiro la elocuencia de los que saben hablar en público.

Pero ahora, mira tú por dónde, voy a fijarme en lo que puede que no estén diciendo, en los “me callo aunque estoy roto por dentro”, “pongo buena cara aunque me angustia estar en paro”, “me callo lo que opino porque no aporta nada”, “sonrío aunque la situación financiera de esta empresa es pésima: no quiero transmitir pánico”.

Estoy segura que me voy a encontrar sorpresas 🙂

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