MATA-TALENTOS

“Mata-Talentos” 3: la maldita autoestima

Llevo unos días recordando “Tacones Lejanos”, la peli de Almodóvar. Victoria Abril interpreta a la hija de una estrella de la música con la que siempre tuvo una relación perversa. Ya mayor, la hija se desfoga y “escupe” lo que en toda su vida fue incapaz de expresar, diciéndole algo así a su madre: “me esforzaba al máximo con el piano sólo para demostrarte lo bien que lo hacía y que te sintieras orgullosa de mí. Cuando me escuchabas sonreías, pero no podías evitar, a continuación, sentarte tú al piano y demostrar que eras infinitamente mejor. ¡¡El mensaje que yo recibía era que había “violado” esa partitura que sólo tú hacías sublime!!”.

Me he pegado un golpe contra la autoestima. Con la mía y con la de los demás. Y tengo un ojo morado, ya no sé si es porque me he “auto-abofeteado”, que me han pegado otros, o que he presenciado “violaciones” de partituras. De todo un poco.

Me voy a los manuales a leer la definición por enésima vez. Pues sí, la autoestima no es “cómo soy” (eso es la personalidad), no es “cómo me veo a mí mismo” (eso es el autoconcepto) , no es “cómo quiero ser” (eso son… ¿expectativas vitales?). El vocabulario es muy rico y la palabra se autoexplica: auto-estima, cuánto me estimo, cuánto me quiero.

La autoestima es la percepción evaluativa de nosotros mismos.

Visto así… la autoestima alta debería favorecernos y ayudarnos a adaptarnos mejor al entorno. “Me quiero, luego me desenvuelvo mejor, opino con buen criterio, me siento a gusto siendo quien soy y por tanto soy capaz de apoyar al vecino, tengo fuerza para enfrentarme a los problemas, doy lo mejor de mí mismo”. Un “construir en positivo”, vamos. Me encanta la frase:

El mundo entero se aparta cuando ve pasar a una persona que sabe adónde va.

Pero de nuevo me encuentro con que lo que deberíamos utilizar para hacer crecer nuestro potencial, lo utilizamos para “derrotar” al contrario o humillarle con muuuucho cariño (cariño “del del piano”, claro).

He aquí algunos ejemplos que me han contado ocho personas, en respuesta a mi pregunta: “cuéntame una bofetada que te haya pegado esta semana la autoestima (alta o baja) de otra persona”. Me parecía que, quizá, fuera una pregunta enrevesada (estos psicólogos…), pero resulta que ¡no!, que los ocho, sin excepción, la entendieron a la primera y encontraron ejemplos en el acto:

  1. Hombre de 37 años: está en una reunión de trabajo explicando sus excelentes resultados comerciales, por los que ha sido muy felicitado. Uno de sus compañeros interrumpe y dice: “acabas de decir una cosa conceptualmente incorrecta, ¡es una tontería!, pero te lo digo para que tengas cuidado”. La bofetada oculta: me molesta bastante que hayas tenido tan buenos resultados, así que te ataco por otro sitio, real pero en el fondo irrelevante, y encima parece que te estoy echando una mano” (éste, además, es perverso).
  2. Mujer de 29 años: me cuenta un viaje de ocho amigas a una casa rural. Una de ellas NUNCA recoge la mesa y cuando se digna a recoger SU plato, lo deja tal cual en la cocina (para que lo lave otra, claro). Al llamarle la atención, dice riéndose y delante de todas: “hija, se hará un poco entre todas, que lo fiscalizas todo hasta en vacaciones”. La bofetada oculta: “no me apetece nada recoger la mesa, no voy a hacerlo y encima lo vas a hacer tú humillada por mí”.
  3. Hombre de 36 años: me dice que le han ascendido y a su compañero no. Éste le dice en un café: “La verdad. Si sigo en esta empresa es porque me gusta lo que hago, porque me han hecho varias ofertas de director donde me ofrecen una pasta y coche de empresa. Los que suben en esta empresa son unos “mataos”. La bofetada oculta: “me siento un microbio por no haber ascendido, así que me hago autobombo (aunque vaya de farol) y fulmino un mérito tuyo que sólo existía en tu cabeza”.
  4. Mujer de 33 años: acaba de iniciarse en Twitter y se lo cuenta, orgullosa, a un compañero de trabajo. Éste le dice, antes de nada: “yo tengo mil ochocientos followers, ¿y tú?”. La bofetada oculta: “¿te creías alguien por estar en Twitter?, no eres nadie y yo sí, que me sigue mucha gente” (éste, además, es tonto).
  5. Mujer de 27 años: todos saben que no tiene mucho dinero. Está en casa de su amiga recién casada (con otras siete amigas), y pregunta: “esta mesa es de IKEA, ¿verdad?, la tengo casi casi igual, es muy bonita”, y la dueña de la casa responde con una sonrisa tranquila y condescendiente: “yo no compro en IKEA”. La bofetada oculta: “soy de una categoría económica y social superior a la tuya. Pero tranquila, sonrío porque puedes seguir siendo mi amiga.”
  6. Mujer de 38 años: está con su jefe reunida con siete personas de la empresa cliente. Está explicando su proyecto tranquilamente y uno de los clientes hace una pregunta. El jefe interrumpe: “perdona, hemos sido nosotros, que no hemos sabido explicarnos. Lo que ella estaba intentando decir, es que…”.  La bofetada oculta: “yo te dejo hablar para que te creas alguien, pero en cuanto puedo “me cuelo”, te corrijo y dejo clarito quién corta el bacalao”.
  7. Hombre de 24 años: acaba de licenciarse en Derecho con notas extraordinarias, y el grupo de amigos le está felicitando. Uno de ellos dice: “y siendo una universidad privada, ¿te dan un título oficial?, pregunto, pregunto”. La bofetada oculta: “sí, sí, buenos resultados pero por la cara, que en las privadas regalan las notas. Ah, y “pregunto, pregunto”, no estoy insinuando nada”.
  8. Hombre de 36 años: ha escrito un libro sencillo de economía. Me cuenta que, estando con su familia, su cuñado, mayor que él y prototipo del “triunfador social” (directivo, con mucho dinero, carismático, elocuente…), le pregunta con una extraña sonrisa: “oye, ¿qué es eso que me han contado de un librito, qué es, una novela de aventuras?”. La bofetada oculta: “estoy por encima de ti, pero qué gracioso, mono y “petit” eres con tus cositas. Yo juego en otra liga”.

Aunque algunas sean de risa, estas anécdotas me las han contado los “abofeteados” respondiendo a una pregunta concreta. Las bofetadas ocultas generan “moratones” en la autoestima, mayores o menores, pero moratones. Ninguno somos inmunes a las bofetadas ocultas, y si lo somos del todo, tendremos que hacer una ITV interna.

Cuando mi exceso de autoestima abofetea a alguien; cuando mi baja autoestima se deja abofetear por los egos ajenos; cuando mi alta autoestima es impermeable a la autocrítica; cuando mi baja autoestima me impide atribuirme ningún mérito. En cualquiera de estos casos: ojo.

Yo ya no sé si es que nos estamos volviendo envidiosos de remate, enfermos competitivos, malvados, o si es que directamente somos más tontos. Y encima al destapar “el pastel”, hacemos luz de gas diciendo que ha sido “sin mala intención”. Mentira y gorda.

Puestos a disparar, casi me parece mejor abofetear la autoestima ajena con mala idea: un francotirador sólo usa una bala. Pero, tanto el que no es consciente del daño que hace porque su ego XXL le impide empatizar, como el que necesita abofetear para ser alguien porque tiene un eguito XXS, ambos son como el que coge una ametralladora y aprieta: seguro que se lleva por delante a muchos inocentes.

En fin, habrá que empezar a gestionar “eso de la autoestima”… no vaya a ser.

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9 pensamientos en ““Mata-Talentos” 3: la maldita autoestima

  1. Marta, como siempre muy buenas reflexiones.

    Sin duda la autoestima es un a “gasolina vital” de la que hay que tener el “depósito lleno”.

    Pero los “depósitos” suelen estar ocultos, como mucho es visble un simple indicador.

    Y una última reflexión “antimoratones” en la autoestima. “Ofende quién puede, no quién quiere”

    Y

    • Y tú, como siempre, mejores comentarios!

      Aaaaay,Mariano, ojalá pudiera ofenderme sólo cuando quiero… eso se lo dejo a autolíderes como tú (jajajajaja).

      Muchas gracias, de verdad.
      Bs
      Marta

  2. Me ha encantado su artículo, Marta.
    Verdaderamente ingenioso.
    Felicidades.
    Algunas veces nos conducimos como babuinos en el Serengeti, a mordisco limpio, para mantener nuestro estatus frente a lo que otros consiguen.
    Saludos

  3. Me ha encantado el artículo, Marta, y me he sentido muy identificada con varias de las anecdotas. Está claro que tanto la envidia como la inseguridad son las que provocan esos comentariso tan desafortundos. De todos modos, estoy de acuerdo con Mariano, y lo mejor es “fumarse un puro” (o dos…….)

    • Hombre, Mo, “qué raro”, tú haciendo comentarios positivos…
      Tú, como Mariano, te fumas un puro. Ya te lo he dicho muchas veces: cuando algún ego XXL o algún eguito XXS me abofetean, pienso “¿qué haría Mónica?”, y siempre llego a lo mismo: “pues Mónica… lo pensaría tres minutos, se fumaría un puro, y encima no ofendería a nadie”. Ay, cuánto aprendo con vos…
      Gracias MAESTRA!!
      Un beso
      Marta

  4. Muy buen blog!, me ha llegado a lo profundo!, muy claro, muy directo!, muchas gracias, los voy a seguir.
    Saludos

  5. Pues a mi me encanta que se hable de esto, punzadas sutiles, que no sé si por inesperadas o qué que le dejan a una fuera de combate, porque a mi los moratones internos me dejan con cara de gilipollas, sea porque me anule o porque estalle en cólera, no se muy bien como digerir comentarios inoportunos, creo que hay cierta perversión y es injusto porque como el morado no se ve pues hay menos posibilidad de justicia, porque en todo lo leido hay una forma de daño y lo que es peor, una forma de daño de dificil reparación por la dificultad de afrontamiento, solo uno mismo con sus propios recursos y mantener a raya en lo posible a los imbéciles, es toda una tarea.
    gracias Marta, un placer.

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